lunes, 11 de mayo de 2020

CUÁNDO ESCRIBIR

La Hidra de Lerna era una bestia, representada como una serpiente de varias cabezas. Jorge Luis Borges afirma que eran cien. En otras versiones se dice que eran sólo tres. Cada vez que le cortaban una cabeza, nacían otras tantas en su lugar, multiplicándose hasta el infinito. El chiste de todo era cortarle la cabeza principal, la que tenía el don de la eternidad.

Quise acudir al mito de la Hidra para hablarte de prioridades. Si tienes muchas ideas, puede ser que te sientas abrumado por tantas cabezas. Debes tomar una, la principal, la que tiene el don de la eternidad y cortarla de tu árbol de ideas. Aquí no matarás un monstruo, darás vida a un universo. Pero un universo a la vez, ¿recuerdas?: “Primero lo primero”.

Ya respondimos quién, qué y cómo. Ahora vamos al cuándo escribir.

Aquí debemos tomar en cuenta varias cosas. No puedes estar todo el día escribiendo, salvo que seas Balzac, H.G. Wells o Isaac Asimov. De Balzac se dice que apenas comía. Lo demás del tiempo lo usaba para escribir. Wells y Asimov los nombré porque fueron muy prolíficos. Pero ahí está Stephen King, también. Bueno, él puede darse el lujo. Con lo que gana de regalías puede darse los “cuándos” que quiera.

Recuerda que no vamos por los millones de dólares. No es una carrera de caballos o un juego de azar; estamos escribiendo una historia.

La gran mayoría de nosotros debe trabajar 8 horas diarias en una oficina; trasladarnos a ella nos puede tomar de 2 a 3 horas, haciendo un total de 4 a 6, tomando en cuenta el viaje de regreso. Tendremos hijos que mantener, una esposa a quien cuidar, amigos que frecuentar. Hay que ir al súper. Hay que hacer ejercicio. Hay que dedicarle tiempo a tu religión. Dedicarle tiempo a tu hobbie. Hay que leer mucho. Hay que escribir mucho. Hay que vivir mucho.

¡No, no puedo con todo! “¡No soy Superman!” (otro lugar común).

No te aflijas. Aquí estamos hablando, aunque no parezca, de la maravillosa “administración del tiempo”: que escribir no sea lo último en tu lista, pero sí lo primero. Si lo dejas para el final, estarás tan cansado que ya no querrás escribir y comenzará el círculo vicioso de postergar.

Mi padre quiso escribir una novela y la posponía constantemente porque “vendrían tiempos mejores”. Nunca llegaron. Un día mi padre murió y la novela ahí está guardada sin terminar. Yo decidí que no quería que me sucediera lo mismo. No deseaba verme a su edad y tener la oscura sensación de que no hice lo que quería, sino lo que el sistema y la rutina me imponían para sobrevivir. Esa no es vida.

Pero es cierto, hay cosas tan importantes como escribir: un trabajo. Y si no trabajamos, cómo escribimos; hay que comer y cubrir las necesidades básicas, y hasta que no llegue el día en que podamos vivir de nuestros libros, habrá que entrarle al juego del trabajo. Aún así, se puede uno organizar en sus tiempos del día para escribir un proyecto.

Mi terapeuta decía que en esta vida hay de dos: pretextos y resultados. ¿Cuál escoges? Si eres sincero y vas a entregarle todo tu ser a la literatura, escogerás el segundo: resultados. Tendrás que hacer un esfuerzo pero valdrá la pena, te lo aseguro.

Regresa un poco al apartado de “Vivir mucho” y repasa lo que te compartí sobre establecer metas alcanzables. Con un rato al día que le dediques a tu escritura, lo demás se mantendrá en control. Mi propuesta: una hora, no más.

Mucho de tu trabajo lo harás mentalmente, previo a sentarte frente a la computadora o al papel. Aprovecha durante el día mientras lees, caminas, haces ejercicio o estás en esa larga fila del banco, para pensar en tu siguiente escena. No le busques explicación: visualízala.

Esto es un ejercicio que se va perfeccionando con el tiempo. Ver no es lo mismo que juzgar. Haz la prueba. Mira a tu alrededor e intenta describir lo que ves. Pongamos de ejemplo un centro comercial. No juzgues nada, sólo describe: la gente, su vestimenta, sus acciones, los comercios que hay alrededor, de qué hablan los visitantes, etcétera.

Lo mismo sucede en esto: recuerda no esperar a las musas. Trabaja en tu texto aún cuando no lo estés escribiendo. Incluso, te sugiero cargar un cuaderno. En cualquier momento se te puede ocurrir algo y vale la pena apuntarlo. Esa musa que fugazmente te ha visitado hay que inmortalizarla en el papel, porque si se va, la idea se te escapará de las manos también.

Cuando trabajaba en la saga de Guerreros Celestiales, terminaba mi meta diaria y me dedicaba a construir la siguiente escena en mi cabeza. Veía a los personajes, percibía algunos destellos de lugares, diálogos, conflictos, y después, en mi hora de escritura, lo plasmaba en el papel.

Hacía, por ejemplo, puntos inmediatos a desarrollar:


  • El personaje se encuentra con Fulano (le tiene que decir sobre el asunto aquél).
  • El personaje se va hacia el metro (ahí describir tal situación).
  • El personaje llega a su casa, ahí tiene que hablar consigo mismo.


Como te comenté, a veces me iba bien; a veces sólo alcanzaba una cuartilla y en otras ocasiones, sólo un párrafo. Pero avanzaba. Si era necesaria regresaba un poco en la historia, corregía y retomaba el camino. Luego funciona. Reescribes algo y el texto toma su cauce.

Es como si quisieras forzar la narración para que se vaya a la derecha, pero ella necesita ir al lado contrario. No te lo dice literalmente, pero te deja que tú lo sientas. Como el perro que no quiere irse hacia un lado sino al otro. La diferencia es que, con el perro, tú eres su guía y su compañero. Aquí, la narración te guiará, pero hay que saber escucharla.

Se vale detenerse, corregir y dejar que la historia avance. No quieras corregir todo desde el principio porque comenzarás a bloquearte, a querer hacer un texto perfecto. Y recuerda que no somos perfectos, sólo estamos al servicio de una historia que quiere ser contada a través de ti.

Entonces, ¿cuándo escribir?

Ya te sugerí una hora al día.

¿A qué hora?

Eso tú lo elijes. Por la mañana, por la tarde o por la noche. Prueba qué horario te queda mejor y si no, y puedes, cambia al otro. La cosa es que encuentres una hora de las 24 que tienes por delante para escribir, sin que lo demás se altere demasiado. Puedes sacrificar una hora de sueño, ya sea que te acuestes más tarde o te levantes más temprano. Puedes sacrificar cuatro horas de fiesta un viernes y asistir sólo tres. El chiste es que no pierdas “tu fin en mente”.

(Si quieres conocer más sobre la administración del tiempo y planeación de actividades, te recomiendo que leas Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, de Stephen Covey. Céntrate en los primeros tres hábitos. A mí me sirvieron. Comencé a planear mis actividades, mis tiempos de escritura, planeación de metas alcanzables. Gracias a eso me hice de una disciplina maravillosa para escribir y terminar proyectos (uno a la vez). Así terminé Guerreros Celestiales, y entre cada una de las partes de la saga, escribía otras cosas más breves: cuentos, ensayos, novelas cortas o ejercicios de poesía. ¡Pruébalo! ¡Funciona!)

Escribir no debería ser tu hobbie, sino tu pasión. Estar dentro de tus prioridades de vida, le guste a quien le guste. Y a quien no, pues no.

Durante muchos años escribía de noche, porque no tenía un horario tan ajetreado. Luego probé escribir por las tardes. A veces lo conseguía; a veces, ya cansado, me era difícil concentrarme. Descubrí que lo hacía mejor en la mañana, fresco, con la cabeza descansada, sin tantos pendientes en la cabeza; sólo escribir.

A veces me levanto más temprano y escribo. Pero también te confieso algo: a veces, cuando no tengo mucho trabajo en la oficina, destino la primera hora a escribir. Lo sé, no es correcto. Y no te lo sugiero; podría darte problemas si alguien descubre que estás haciendo otras cosas que no son las del trabajo.

Encuentra tu hora al día. Y encuéntrala así: escribiendo.

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